
SEGUNDA CINTA: DONDE SE EXPLICAN LA DEPAUPERACION ABSOLUTA Y COMO EL FRACASO -Y EL TRIUNFO- DEL "CAPITALISMO REAL" HAN HECHO QUE EL MUNDO SEA UNA MIERDA)
Un ejemplo vasco de como el empresario capitalista en vez
de "dar trabajo" lo que hace es robar trabajo
¿Quieres un ejemplo concreto, histórico y vasco, de
eso?. Aquí lo tienes: antes de la derrota carlista en la
primera guerra y de las modificaciones de los fueros vascos que
esa derrota acarreó, los terrenos donde había mineral
de hierro solían ser terrenos comunales o de concejo y
su usufructo era libre para los vecinos. Así pasaba por
ejemplo en Mutiloa, Guipuzcoa, en donde las minas las trabajaban
los agricultores del pueblo que tenían derecho indistinto
a extraer mineral y venderlo y de tal forma los minerales, las
venas de hierro, se hacían propiedad particular del que
se ponía a trabajarlos y mientras continuara ese trabajo.
Lo mismo pasaba con las minas de Irún y de Oyarzun. Las
que luego serían importantísimas minas de Somorrostro
en Vizcaya, con dos grandes masas de hierro en el Monte Triano
y en Matamoros, eran propiedad comunal de las villas y lugares
de la comarca de las Encartaciones y sólo podía
disfrutarlas sus naturales sin que entre ellos hubiera distinción
alguna, siendo todos ellos libres de arrancar los minerales como
les gustara y de donde quisieran (sin perjudicar a otro vecino)
y sin que nadie pudiera pedirles ni tomarles cuenta de sus operaciones.
Es muy importante que te fijes bien en este hecho decisivo: en
aquella situación social y jurídica cualquier vecino
podía ir a esos terrenos comunales y coger mineral de hierro.
Su trabajo al cogerlo y transportarlo hasta alguna de las cientos
de ferrerías vascas era lo que daba valor a esos pedruscos.
Ese vecino se apropiaba, al venderlos en la ferrería, de
todo el valor que su trabajo había producido e incorporado
a esos pedruscos. Así era y funcionaba la minería
del hierro precapitalista en esos montes.
Pero las cosas cambiaron con la derrota de los carlistas. Entre
las cosas que cambiaron destacan las modificaciones que sufrieron
los fueros. Y, por ello, se pudo exportar mineral de hierro, exportación
antes prohibida por el fuero. Y, lo que fue decisivo, la gente
pudo comprar y apropiarse de los terrenos comunales. Así
sucedió, por ejemplo, con unos riquísimos yacimientos
de mineral de hierro de los montes de Triano que antes eran propiedad
colectiva de los vecinos de la villa de Portugalete que era propietaria
de un proindiviso sobre los montes de Triano. Porque la villa
vendió en 1858 a don Juan María de Ybarra sus derechos
a ese proindiviso. (Por cierto que el señor Ybarra demostró
su sagacidad al pagar por ellos la ridícula cantidad de
51.081 reales y conseguir a lo largo de los años
siguientes millones y millones de pesetas de las minas
que se abrieron en esos montes).
Los trabajadores siguieron sacando mineral de hierro, como antes,
de esos montes. Y, como antes, lo que daba valor a esos pedruscos
era su trabajo al arrancarlos y transportarlos para que se pudiera
extraer el hierro que contenían. Pero ese trabajo se hacía
ahora al modo capitalista. Los trabajadores no se apropiaban de
todo el valor que habían añadido a los pedruscos
al arrancarlos y transportarlos. Porque ellos no se apropiaban,
como hacían antes, de esos pedruscos y no eran ellos quienes,
como hacían antes, los vendían y se apropiaban del
precio que les pagaban por ellos en las ferrerías. Los
pedruscos sin arrancar, aún en el terreno de la mina, no
eran como antes propiedad común de todos los vecinos. Eran
ahora propiedad del empresario capitalista. Y los pedruscos ya
arrancados y ya transportados se los quedaba el empresario capitalista
que era quien los vendía y se apropiaba del valor que los
trabajadores les habían añadido con su trabajo.
A ellos lo que ahora les compraban era su fuerza de trabajo.
Que el empresario capitalista usaba haciéndoles arrancar
y mover pedruscos durante todas las horas de la jornada laboral.
Que eran muchas más al día (doce) de las que antes
dedicaban al asunto cuando lo hacían por cuenta propia
(menos de cuatro). Pero lo que el capitalista les pagaba por su
fuerza de trabajo, que usaba todas esas horas, lo recuperaba con
el valor añadido a los pedruscos arrancados y transportados
en las primeras horas (tres horas y tres cuartos) de trabajo de
cada día. El valor añadido a los pedruscos en las
restantes ocho horas y cuarto de trabajo se lo apropiaba el empresario
capitalista. Se lo expropiaba a sus trabajadores. Era la plusvalía
que les arrancaba. El tiempo de trabajo no pagado. El tiempo de
trabajo robado.
(Debo indicarte que los datos del ejemplo reflejan casi exactamente
lo realmente sucedido en la minería vizcaína. De
1876 a 1900 los empresarios mineros en Vizcaya pagaron a sus trabajadores
un total de 181 millones de pesetas -de las de entonces, claro-
en salarios y les extrajeron 585 millones de pesetas de plusvalía,
3,6 veces sus salarios. La jornada laboral era de doce horas hasta
que después de la huelga general de 1890 se fijó
en diez horas al día)
El fantástico y rentabilísimo juego de manos, el
truco magnífico, la fabulosa prestidigitación del
sistema capitalista (que el genio de Karl Marx logró descubrir
y denunciar) consiste precisamente en que el capital transforma
la plusvalía en beneficio. Esa transformación sirve
para conseguir la típica opacidad del sistema. Esa
transformación oculta, esconde, disimula, hace opaco
el origen del beneficio. El origen del beneficio es la plusvalía.
Es el valor del trabajo no pagado pero realizado por el
trabajador y cuyo fruto se apropia (lo arrebata) el empresario.
Pero la opacidad del sistema hace aparecer las cosas como NO
son. El capital es una relación social, una relación
entre personas mediada por cosas, una relación entre el
trabajador que vende su fuerza de trabajo y el capitalista que
se la compra y que a cambio se apropia de todo el fruto del uso
de esa fuerza de trabajo. Es decir, de todo el valor que el trabajo
para el que se ha usado esa fuerza ha añadido a aquello
sobre lo que el capitalista ha querido que se usara. Pero ese
capital, que es una relación social, parece ser
una cosa. Y, además, una cosa que parece que produce
valor. El beneficio, que es la plusvalía robada al trabajador,
parece ser el justo pago de la pretendida capacidad productiva
del capital. El salario, que es el precio pagado por la fuerza
de trabajo, parece ser el justo pago por el trabajo
realizado.
Esa opacidad del sistema capitalista, esa capacidad suya para
mistificar, para hacer equívocas las cosas, para hacer
que las cosas parezcan ser lo que no son, es la causa de que parezca
que el capitalismo ha mejorado la situación de los trabajadores
mientras que se nos miente eficazmente que la miseria que realmente
ha producido se explica porque se ha producido allí donde
no han sabido hacer que el capitalismo funcione.
Vamos tú y yo a romper ese disfraz de la realidad, a ver
los datos desnudos e irrefutables que desmontan esas mentiras.
Y vamos a hacerlo una por una. Pero déjame que antes te
complete el ejemplo vasco que acabo de contarte con unos impresionantes
detalles. Verás: en la historia vasca hay muchos ejemplos
de parejas de hermanos que se han hecho famosas tanto por sus
logros como por las largas consecuencias que han tenido incluso
los que en su momento parecieron ser sus fracasos. Los hermanos
Sabino y Luis Arana, por ejemplo, son piezas clave de la historia
del nacionalismo vasco del PNV como los hermanos Txabi y José
Etxebarrieta lo son en la historia del nacionalismo vasco de ETA.
Voy ahora a hablarte de otra pareja de hermanos que se hicieron
famosos en la época vasca del despotismo ilustrado:
los hermanos Fausto y Juan José Elhúyar y de Suvisa.
Ya sabes (y si no lo sabes o lo has olvidado te lo recuerdo yo
ahora) que en Europa fue la segunda mitad del siglo XVIII la época
del despotismo ilustrado. Se llama despotismo a
la forma de gobierno caracterizada por el poder absoluto y arbitrario,
por la autoridad tiránica. El ilustrado fue la variante
del absolutismo monárquico surgida en varios países
europeos cuyos monarcas fueron influidos por los filósofos
de la Ilustración para desarrollar una intensa y sistemática
labor reformadora (por ejemplo del sistema penal) para reforzar
el control de la monarquía sobre el Estado disminuyendo
el peso que todavía conservaban la Iglesia y la nobleza.
(Por favor no vayas a confundir esa época con el régimen
felipista del PSOE. Ciertamente Felipe y Guerra y Corcuera han
sido déspotas. Pero, como bien saben todos los que
les han tratado, han sido déspotas iletrados, no
ilustrados).
Pues bien, en la época vasca del despotismo ilustrado
brilla con luz propia una institución: la Real Sociedad
Bascongada de los Amigos del País, constituida por un documento
firmado por quince caballeros de Azcoitia el 24 de diciembre de
1764, cuyos estatutos fueron aprobados por el rey Carlos III (el
Borbón más famoso del despotismo ilustrado) y después
(en 1770) elevada por él a la clase de Academia y a la
condición de Real. Desde 1767 a 1776 la Bascongada realizó
una larga etapa preliminar de experimentación pedagógica
con una Escuela provisional que el 4 de noviembre de 1776 comenzó
a funcionar como centro de enseñanzas superiores que luego
se llamaría Real Seminario Patriótico Vascongado.
Que fué una ave rara en el páramo de la enseñanza
superior de los territorios dominados por la Corona española.
Ave rara porque allí se enseñaron Física
Superior, Química y Metalurgia, Mineralogía, Matemáticas
para marinos y Algebra y Topografía aplicadas a los trabajos
subterráneos o de minería. Y porque allí,
desde 1782 a 1786 fue profesor (y creador de su Escuela Metalúrgica)
el notable químico y mineralogista Fausto de Elhúyar.
Y en sus laboratorios Fausto y su hermano Juan José, también
químico y mineralogista, descubrieron y analizaron el único
de los elementos químicos descubierto por algún
súbdito de la Corona de España: el wolframio. Pero
de lo que ahora quiero hablarte no es del Análisis químico
del volframio escrito por los dos hermanos en 1783, aunque
te he mencionado el asunto para que calibres la categoría
y la importancia científica de esos dos hombres. Sino de
un estudio de Fausto, fechado en 1788, titulado Estudio de
las minas de Somorrostro.
Se trata de un estudio fascinante. Quiero llamar tu atención
sobre el hecho de que está fechado ochenta y nueve años
antes de que Marx publique El Capital. Es decir, ochenta
y nueve años antes de que vea la luz el resultado del titánico
esfuerzo intelectual y científico que Marx ha tenido que
hacer para descubrir el fetichismo de la mercancía y la
trampa capitalista que encubre la fuente de la plusvalía
bajo el disfraz del beneficio. El Estudio de Fausto de
Elhúyar no es un mero trabajo teórico. Fausto es
un investigador químico, un científico con éxito,
un profesor respetado que completará su biografía
uniendo a su condición de descubridor de uno de los elementos
químicos la de fundador de centros de enseñanza
superior en Europa y en México, pero también un
ilustrado pragmático, un guía para la implantación
práctica del capitalismo, un político capitalista
(fue director general de minas en México y a su regreso
a España ocupó la Dirección General de Minas).
Y su Estudio de las minas de Somorrostro es un impagable
ejemplo de la, para ellos, inadvertida e inocente desvergüenza
con la que impúdicamente los capitalistas de la época
de la Revolución Industrial afirman que el aumento de la
explotación del hombre por el hombre es la condición
necesaria para el progreso.
Fíjate: Fausto de Elhúyar analiza la forma precapitalista
de la minería vizcaína fundamentada en los fueros
y en la propiedad comunal. Señala que ese régimen
de propiedad facilitaba que hubiera un gran número de excavaciones
con muy poco aparato técnico y con manifiesta imposibilidad
de conseguir grandes beneficios. Señala que cuando los
usufructuarios (los vecinos con derecho a aprovechar el terreno
comunal) contrataban asalariados para ayudarles en la extracción
no conseguían elevar sus ganancias de forma notable. Dice
expresamente que:
"es muy poca o ninguna la distinción que hay entre
los propietarios y jornaleros en cuanto al beneficio que sacan
de estos trabajos, y no hay ejemplar que haya hecho alguno caudal
en estas empresas".
Nadie se hacía, pues, rico con esta forma de explotación
comunal de las minas de hierro. Fausto explica muy bien que eso
sucede porque el sistema foral vasco dificulta la eficiente explotación
capitalista del hombre por el hombre. No lo dice así, claro.
Pero eso es exactamente lo que dice cuando explica que
estos:
"defectos provienen de la constitución misma del
cuerpo de minería de aquel país, y es impracticable
cualquier remedio mientras se mantenga ésta en el mal estado
en que se halla. La libertad con que cualquier encartado (es decir,
te aclaro yo, cualquier vecino de la comarca vasca de las Encartaciones
que, por serlo, es comunalmente propietario de esos terrenos con
mineral de hierro) se hace dueño de una mina, y la facilidad
con que la labra por la abundancia y disposición del mineral,
es el origen de estos desórdenes y de la miseria del país,
pues hallando la ociosidad un cebo prodigioso en este estado,
que con cuatro horas de trabajo proporciona a los obreros un jornal
que apenas lograrían en otro con el doble, los naturales
del país se entregan a él, abandonando el cultivo
de sus campos, que miran con desprecio, y de este modo se constituyen
holgazanes de profesión".
Nuestro Fausto tiene clara cual es la solución de tan indeseable
y desordenado estado de cosas. Es, claro está, la
solución capitalista. Que pasa por eliminar la viciosa
propiedad comunal substituyéndola por la virtuosa propiedad
privada. Y por eliminar la viciosa holgazanería
de la gente obligándola a trabajar más horas sin
que haya necesidad de pagarles más (¿por qué
habría de pagárseles más, piensa nuestro
Fausto, si está claro que con lo que ahora ganan viven?).
Por supuesto que él no lo dice así. Pero lo dice.
¡Vaya si lo dice!. Dice que el remedio es:
"que se establezca un cuerpo, que, tomando en propiedad
estas minas, disponga con orden así las labores como la
economía por medio de directores hábiles".
No se le escapa a Fausto que eso podría encarecer el precio
del mineral porque los directores y administradores hábiles
cuestan caros. Pero sabe, y lo explica, que esos costes compensan.
Como les compensan hoy en día a General Motors o a la Volkswagen
los costes (un millón y medio de pesetas al día)
del contrato de ese hábil director y administrador vasco
que se han disputado y que llaman "Superlópez"
(López de Arriortúa). Compensan porque lo mismo
ese "Superlópez" que los directores y administradores
que tiene en mente Fausto de Elhúyar consiguen aumentar
los beneficios de los capitalistas de la misma infalible manera:
explotando más y mejor a los trabajadores, consiguiendo
que hagan más trabajo por el mismo o menos precio.
En efecto. Fausto explica que, pese a los nuevos gastos que supondrían
esos "directores hábiles", "quedarán
aún sobrantes". Siempre que se sigan sus recomendaciones.
La primera de las cuales consiste:
"en que a los obreros, que ahora sólo trabajan
cuatro horas al día, se les hiciese trabajar el doble,
sin aumentar el jornal, por consiguiente, al mismo coste podría
arrancarse el doble mineral que ahora, o con la mitad de los jornales
y obreros la misma cantidad que al presente".
¿Te das cuenta?. No sabe uno de qué admirarse más.
Si de la nitidez y la claridad con la que se demuestra lo rentable
que puede ser apropiarse de plusvalía obligando a realizar
un plustrabajo, un trabajo no pagado. O de la impúdica
desvergüenza con la que se defiende el aumento de la explotación
del hombre por el hombre como una medida exigida por el progreso
y por la ciencia. O del hecho de que esa propuesta escrita
en 1778 prefigure tan exactamente el mecanismo que sesenta
años después desencadenó la desamortización
de los bienes comunales, gracias a la modificación de los
fueros fruto de la derrota carlista en la primera guerra, y que
trajo consigo el robo de su riqueza al pueblo vasco, el aumento
de la explotación de la mano de obra asalariada, el desarrollo
del capitalismo industrial en Euskadi y el enriquecimiento de
la burguesía que se convertirá en vasco-españolista
y pieza clave del bloque de clases dominante español.
Voy a hacer ahora una excepción. Te he prometido que no
recargaría mi relato con referencias ni citas bibliográficas.
Pero esta cita de la obra de Fausto Elhúyar me parece tan
importante y significativa que por ella voy a romper aquella mi
promesa. Porque no es mío el mérito de haber encontrado
y comentado ese texto. Tuve la fortuna de leerlo apenas llegado
el año 1980 a vivir y trabajar en el Sur de Euskal Herria.
Pero no lo leí directamente sino citado en un trabajo del
profesor Emiliano Fernández de Pinedo titulado El campesino
parcelario vasco en el feudalismo desarrollado (s.XV-XVIII),
publicado en SAIOAK, Revista de Estudios Vascos, nº 1 del
Año I, 1977, páginas 136-147. Apúntale al
profesor Fernández de Pinedo el mérito grande de
llamar la atención sobre texto tan importante y significativo.
Y vamos ya ahora a meterle mano a esas mentiras con las que el capitalismo disfraza, eficazmente su realidad.
Primera mentira: la historia del capitalismo es la historia
de una carrera en la que los que han sabido arrancar fuerte y
acelerar la han ganado y, al ganarla, se han hecho ricos mientras
que los que se han retrasado y la han perdido se han quedado en
la pobreza. Fíjate bien: el profesor Rostow no es el primero
pero sí el más famoso y eminente autor de una elaborada
formulación de esa mentira. Incluso ha explicado que esa
carrera es, como las pruebas clásicas de ciclismo, por
etapas. Que la carrera se llama crecimiento (o desarrollo)
económico. Que, como sucede en algunas pruebas ciclistas,
aparte de los corredores que son tan torpes que ni siquiera pueden
pensar en participar, hay otros que todavía están
entrenándose para ponerse en condiciones de poder participar
en la carrera. De forma que sólo unos pocos escogidos son
los capaces de afrontar la primera etapa de la auténtica
carrera cronometrada. Rostow señala que hay muchos países
de aquellos "torpes" que aún están en
la etapa previa de la "sociedad tradicional". Que hay
otro buen número en la etapa siguiente, la de conseguir
las "condiciones previas". Y que son realmente pocos
los que por lo menos han sido capaces de comenzar a cubrir la
primera etapa oficial cronometrada. Que es la etapa del despegue
(él dijo del take-off) a la que luego siguen las etapas
del "camino hacia la madurez" y por fin la etapa final
del "alto consumo en masa". Todo lo cual significa que
hay muchos países que ni siquiera se han puesto en carrera,
que no han arrancado a correr en la carrera del desarrollo económico.
El éxito que ha tenido esa mentira es asombroso. Te asombraría
comprobar cuanta gente la repite, con maneras de asno solemne,
en cátedras universitarias, seminarios para empresarios,
conferencias, revistas científicas, artículos de
prensa especializada y general, etc, etc. ¿En qué
se basa ese éxito?. En primer lugar en la característica
opacidad del sistema capitalista de la que acabo de hablarte.
En segundo lugar gracias a la forma en que la expansión
del cine y de la televisión han reforzado esa opacidad.